|
Para Peter Drucker, dedicar tiempo a la gente
joven siempre fue una prioridad. No en vano sus ideas y
consejos marcaron de forma profunda los destinos del
joven Jack Welch
(General Electric), el joven Andie Grove
(Intel) o el joven Bill Gates (Microsoft), según
reconocen ellos mismos con gratitud.
Muy pocos años antes de su muerte, una portada de Forbes
con la fotografía de Drucker en primer plano y el
titular Still the youngest mind nos recordaba que
Drucker “aún era la mente más joven”.
Posiblemente uno de los secretos de su longevidad fuese
su capacidad para seguir siendo relevante para todas las
generaciones de directivos y empresarios que le
sucedieron.
Creo por tanto que es especialmente apropiado que en
este Acto de Homenaje, al que asisten muchas personas
jóvenes, se recuerden algunas de las enseñanzas de
Drucker que pueden inspirar a las nuevas generaciones de
empresarios y directivos de este país.
A otro nivel mucho más “terrenal” que el de los
directivos mencionados antes, yo tuve el privilegio de
aprender directamente del Profesor Drucker durante los
últimos ocho años de su vida, con la ocasión de la
producción de cursos en vídeo que el GRUPO ODE
venía realizando con él desde mediados de los 80.
Durante este tiempo, en el que recibí por su parte una
atención totalmente inmerecida, pude ver en vivo y en
directo cómo trabajaba, cómo vivía y cómo pensaba uno de
los genios de nuestro tiempo.
Sin embargo, la influencia de Peter Drucker en mi vida y
en mi carrera había comenzado mucho antes. Yo tenía 15
años cuando mi padre invitó a Drucker a nuestra casa.
Entonces me pareció un abuelito inusualmente jovial y
simpático, aunque era difícil entenderle debido a su
extraño acento inglés, que luego supe era un rasgo de su
Viena natal que siempre conservó.
Más tarde, en el verano de 1986 yo acaba de cursar el
cuarto año de la licenciatura de Ciencias Físicas, y ODE
me ofreció la oportunidad de ganar un dinero extra
preparando un guión-resumen para unos audio casetes
basados en “INNOVATION & ENTREPRENEURSHIP”, un
best-seller de Drucker que acaba de aparecer. En aquel
verano decidí que terminaría mis estudios de Ciencias
Físicas, pero que mi profesión no estaría con los átomos
y las estrellas, sino alrededor de las personas y las
organizaciones. Drucker hizo que me enamorase de la
profesión del Management.
Como he dicho, mi trabajo de los últimos años al lado de
Drucker me ha permitido mantener un contacto
especialmente cercano con su pensamiento y su obra.
También me ha permitido conocer al Drucker ser humano, y
comprobar la coherencia entre sus enseñanzas y su propia
conducta. Esta coherencia total creo que es lo que
distingue a Drucker de otros grandes genios de la
Humanidad.
Pero quisiera centrarme en algunas enseñanzas concretas
que Drucker puede ofrecer a las nuevas generaciones de
empresarios y directivos. En este caso, se trata de
experiencias que Drucker vivió siendo joven y que
marcaron profundamente toda su trayectoria posterior. Se
trata de enseñanzas que a mí me han ayudado e inspirado,
y que creo que son valiosas para cualquier profesional.
La primera enseñanza tiene que ver con las
metas y la visión de la persona, y arranca con un
Drucker joven, estudiando Derecho en Hamburgo y
trabajando como aprendiz en una firma exportadora. Todas
las semanas asistía a una representación en el Teatro de
la Ópera de la ciudad, que permitía la entrada gratuita
a los estudiantes cuando habían quedado entradas sin
vender. Una de esas noches asistió a la representación
de Falstaff, una ópera de Giuseppe Verdi, la
última que compuso antes de morir. Era una ópera que
entonces se representaba poco, ya que tanto los
cantantes como el público la consideraban demasiado
difícil. Drucker, que como buen Vienés había tenido de
niño una buena formación musical, se sintió totalmente
obnubilado por aquella ópera, nunca había escuchado nada
igual, y nunca olvidó la impresión de aquella noche.
Cuando quiso saber más sobre Falstaff, Drucker
descubrió con sorpresa que aquella obra, llena de
pulsión vital y de pasión por el placer de la vida,
había sido escrita por un hombre ¡de más de 80 años!
Luego leyó lo que el propio Verdi había escrito cuando
alguien le preguntó por qué, siendo ya famoso y habiendo
triunfado como uno de los grandes compositores de ópera
del siglo XIX, se había tomado la molestia de escribir
una ópera más, y además, una obra especialmente
exigente. Verdi contestó que “toda mi vida como músico
me esforcé en busca de la perfección, pero ésta siempre
se me escapó. Pensé que era mi obligación hacer un
intento más.”
Drucker tenía entonces 18 años y no sabía aún en qué era
bueno ni a qué iba a dedicar su vida profesional, pero
decidió que cualquiera que fuera el trabajo de su vida,
no renunciaría al camino marcado y se afanaría por la
perfección, aunque ésta, indudablemente, siempre se le
escapase.
Creo que ésta es una llamada a la acción para los
jóvenes directivos y empresarios, porque hoy la
tentación de refugiarnos en títulos o éxitos tempranos
es grande, y la factura que pasa es inapelable, la de la
obsolescencia prematura.
La segunda enseñanza está relacionada con
la búsqueda de un sentido trascendente a nuestra
profesión, es decir, con el concepto de la perfección.
Cuenta Drucker que, también en su época de estudiante en
Hamburgo, leyó una historia sobre Fidias, el escultor
más grande de la Grecia antigua, que le trasmitió lo que
significa la "perfección". Hace 2,400 años Fidias
recibió el encargo de esculpir las estatuas que todavía
hoy pueden admirarse en los frisos del Partenón, y que
están consideradas entre las mejores esculturas de la
tradición occidental. Las estatuas llevaron mucho
trabajo y una vez terminadas recibieron los mayores
elogios, pero cuando Fidias presentó su factura, el
contable de la ciudad de Atenas se negó a pagarle.
"Estas estatuas -dijo- están en el techo del templo, en
la colina más alta de Atenas. Nadie puede ver otra cosa
que el frente de las esculturas, pero Usted ha esculpido
también las espaldas, que nadie puede ver." Fidias
respondió: "Está usted equivocado". "Los dioses sí
pueden verlas."
A Drucker le gustaba explicar que la moraleja de esta
historia le acompañó durante el resto de su vida: hay
que esforzarse por la perfección aun cuando "sólo los
dioses" lo adviertan. Por eso, siempre que alguien le
preguntaba cuál de sus libros consideraba el mejor, él
sonreía y respondía con picardía: "¡El próximo!"
En el centenar largo de faxes que nos cruzamos durante
estos años (era su sistema de comunicación preferido,
dada su avanzada sordera), mensajes que Drucker escribía
en persona desde su vieja máquina de escribir Underwood,
podía verse con claridad que seguía fiel a su viejo
principio de juventud. Casi todas las líneas del texto
tenían correcciones y enmiendas manuscritas para
corregir omisiones o precisar más el contenido del
mensaje. Cada uno de estos textos enviados por fax era
una pequeña obra de arte y un prodigio de la buena
comunicación. Para Drucker las cosas se hacían bien y
hasta el final o, sencillamente, no eran lo
suficientemente importantes para reclamar su atención.
La tercera enseñanza de Drucker tiene que
ver con la auto-renovación y el aprendizaje continuo.
Con 20 años, Drucker trabajaba como redactor financiero
en el diario más importante de Frankfurt, y se dio
cuenta de la necesidad de saber algo sobre muchas cosas
para ser, al menos, un periodista competente. Como el
horario del periódico le dejaba mucho tiempo libre,
empezó a obligarse a estudiar durante las tardes y las
noches. Durante el resto de su vida, ya no dejaría de
hacerlo: cada tres años elegía una materia nueva y la
estudiaba, no para dominarla, sino para entenderla, para
abrirse a nuevas disciplinas, nuevos enfoques y nuevos
métodos.
Drucker también nos contaba que éste mismo era el
secreto de la longevidad creativa de ciertos artistas. A
los 90 años, el gran pianista Rubinstein seguía
manteniendo viva su habilidad, y lo hacía abandonando
cada 2 años dos piezas de su repertorio y añadiendo dos
piezas nuevas. Nuestro Pau Casals, a quien Drucker
admiraba y definía como el mejor intérprete instrumental
del siglo XX, murió a los 97 años mientras ensayaba una
nueva pieza que planeaba estrenar. Tiziano, el famoso
pintor veneciano, seguía pintando entrado en los 90
años, y cuando le preguntaban cómo lograba mantener su
habilidad, él respondía: “cada tres años, aprendo una
nueva técnica.”
A Drucker le entusiasmaba aprender y que los demás
aprendieran. Por eso creo que una de las alegrías
más grandes que le di a Peter Drucker fue cuando le pedí
consejo sobre si sería bueno para mí cursar un programa
MBA. Aquel día, su fax de respuesta fue inusualmente
largo, detallado (y con las consabidas correcciones
manuscritas). Después, le faltó tiempo para contactar
con el Profesor Pedro Nueno del IESE y para poner la
Escuela patas arriba hasta lograr que me admitieran.
En síntesis, pienso que la mejor enseñanza de Drucker
para las jóvenes generaciones de empresarios y
directivos es que si tienen una meta o visión como la
que Falstaff le inspiró a él y siguen esforzándose por
alcanzarla, madurarán pero no envejecerán nunca. Si
asumen el punto de vista que Fidias asumió con su propia
obra, si no están dispuestos a hacer un trabajo sólo
medianamente acabado, si respetan la integridad de su
trabajo, entonces se respetarán a sí mismos y obtendrán
una excelencia que nunca hubieran creído posible. Y si
además incorporan a su modo de vida el aprendizaje y la
renovación continua, si experimentan, si no están
satisfechos con hacer hoy lo que ya hicieron ayer, o por
lo menos se obligan a hacerlo de un modo mejor o
diferente, entonces habrán asumido la responsabilidad
por su propio desarrollo y tendrán una vida profesional
tan larga como fecunda, quizás tanto como la del propio
Profesor a quien hoy dedicamos este Homenaje.
Quisiera empezar a concluir recordando una última
enseñanza de Drucker para los jóvenes directivos y
empresarios: el Management tiene que ver con
“servir”, no con “mandar”, ni con el “poder”. El
Management como servicio y como ejercicio de
responsabilidad no sólo es la fórmula para extraer lo
mejor de los demás, sino también para marcar una
auténtica diferencia en la vida de las personas y las
organizaciones. Eso fue precisamente lo que Peter
Drucker deseó hacer por medio de su obra y de su
conducta. Para muchos ha tenido un impacto enorme, pero
algunos creemos que su influencia continuará durante
mucho, mucho tiempo.
Creo que, en cierto modo, Peter Drucker estaría
complacido con este Homenaje, viendo que tantos
directivos y empresarios han acudido hoy para recordarle
y rendir tributo a su memoria. Pero creo que para que él
quedase totalmente complacido, nos falta una cosa. Algo
que yo tengo que pedirles esta tarde.
A Peter Drucker le gustaba terminar todas sus charlas y
muchos de sus libros con una llamada a la acción.
Siempre acababa pidiendo a los directivos que
reflexionasen a fondo sobre lo que iban a hacer o
cambiar “a partir del siguiente lunes por la mañana.”
A mí me gustaría pedirles, especialmente a los
directivos y empresarios jóvenes, una cosa muy sencilla:
que, a partir del siguiente lunes por la mañana, lean a
Peter Drucker. A pesar de ser el padre del Management, a
Drucker se le cita mucho más de lo que se le lee, y,
sinceramente, creo que es una lástima.
Y si ya han leído a Drucker, les animo a que vuelvan a
hacerlo, les garantizo que disfrutarán como si fuese la
primera vez. Si al igual que lo fue Drucker, Ustedes
siguen siendo jóvenes de espíritu, es muy posible que
encuentren en sus libros la inspiración y la energía
para “poner patas arriba” su empresa, para buscar sin
descanso el progreso y la perfección, y de este modo,
marcar la diferencia en la vida de muchas personas.
Estoy seguro, Peter, de que tú no hubieses deseado
ninguna otra cosa.
Santiago Palom Rico
Director General de Grupo ODE
Ponencia para el Homenaje Peter F. Drucker (1909-2005)
22 de marzo de 2006 |